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El Libro del Forastero

V. El roce de la sombra

Sir Daren Vohl regresó antes del alba, como vuelven los hombres que no quieren que sus decisiones parezcan suyas.

Traía dos guardias y un pretexto.

—La cuota —dijo, golpeando la puerta con la empuñadura—. La Llama Justa no desayuna sola.

Eira abrió. Sostuvo el marco con la mano, como si su palma pudiera ser muralla.

—Diario horneo pan para el templo —susurró—. Hoy no hay más.

Vohl la miró de arriba abajo, despacio. El olor del vino dormido en su aliento invadió la casa.

—No es suficiente… —murmuró, acercándose—. Pero hay otras formas de pagar.

Su dedo recorrió el borde de la puerta, bajando apenas, insinuando.

Eira no se movió; solo tensó la mandíbula.

—Mi deuda está saldada.

Vohl sonrió sin humor.

—El templo no acepta silencio por moneda, viuda.

Dio un paso más. La sombra de su coraza entró en el hogar.

Fue entonces cuando me vio.

Yo estaba junto al fuego, intentando no existir.

—Ah… el peregrino sin sello. ¿Es esta tu nueva plegaria, viuda? ¿La carne de un extraño como ofrenda?

Erven se encogió detrás de un banco.

No vi a un soldado entonces. Vi a un hombre con poder.

Eira alzó la voz, temblando pero firme.

—Fuera de mi casa, Sir Daren. No eres sacerdote, y mi puerta no es confesionario.

Vohl rió.

—Todos pecamos mejor cuando creemos que nadie nos ve.

Alzó la mano para golpearla.

Mi ira se apoderó de mí.

—¡BASTA!

El fuego se apagó.

Vohl salió despedido.

Su espalda golpeó la pared y la casa tembló con él.

Los dos guardias retrocedieron.

Yo también.

Vohl cayó de rodillas, aturdido. Intentó incorporarse y buscó la espada.

No llegó a tocarla.

Su sombra se alargó bajo sus pies y trepó por su brazo.

Vohl gritó.

—No —dije.

La sombra siguió subiendo.

—¡No!

Esta vez se lo dije a ella.

No obedeció.

Sentí el mismo frío que me había atravesado durante el viaje, pero ahora nacía dentro de mí.

Vohl trató de arrancarse aquello del brazo. Sus dedos no encontraron nada que sujetar.

La oscuridad alcanzó su hombro.

Y durante un instante terrible sentí su miedo.

No lo vi.

Lo sentí.

Y una parte de mí quiso que continuara.

La sombra apretó.

Vohl volvió a gritar.

—Thalyon.

La voz del Lobo atravesó la habitación.

—Mírame.

En el rincón más oscuro de la casa había dos ojos pálidos.

La sombra alrededor de ellos tomó lentamente la forma de un lobo.

Eira dejó escapar el aire.

—¿Qué es eso?

—Rukvakh —dije.

El Lobo no la miró.

—Respira, Thalyon.

Lo hice.

Una vez.

La sombra tembló.

Otra.

Retrocedió por el hombro de Vohl.

A la tercera respiración volvió al suelo.

Vohl apartó el brazo contra el pecho. No había sangre ni herida, pero lo protegía como si acabaran de arrancárselo.

Me miró.

Yo seguía temblando.

Él también.

—Te veré arder —dijo—. A ti y a quien te oculte.

Se fue sin golpear la puerta.

Eso fue lo peor: la dejó abierta para que el pueblo oliera el miedo.

Eira no habló.

Seguía de pie, inmóvil, con el cabello revuelto y los ojos abiertos de par en par.

Me miró como se mira un río que empieza a desbordarse: no con desprecio, sino con la lucidez triste de quien entiende que algo terrible está por venir.

—No quise… —dije.

Eira cambió el gesto por fin.

—Guarda eso —me interrumpió, sin dureza—. No me sirve tu culpa.

Se sentó.

Yo también.

Erven, desde su rincón, me miró con esos ojos redondos que todavía no conocen el rencor.

—No dañes a mi mamá —pidió—. Por favor.

No supe qué responder.

Miré mis manos.

No había nada en ellas.

Quise decirle a Rukvakh que no había sido mi intención. Que solo había querido detener a Vohl.

Pero recordé su grito.

Recordé la sombra apretando.

Y aquella parte de mí que, durante un instante, había querido más.

—¿Eso fui yo? —pregunté.

La oscuridad permaneció quieta.

—Sí.

Tragué saliva.

—No pude detenerla.

Esta vez Rukvakh tardó en responder.

—Todavía no.